Las palabras

Hace unos días una persona hizo una dinámica que me estremeció profundamente. Dibujó un muñequito en un papel en blanco y lo presentó al grupo diciendo que se llamaba Yo. Luego de esto, pasó un papel en blanco a cada uno de los asistente y pidió que dibujáramos un muñeco parecido.  Una vez terminamos nos explicó lo que haríamos con el dibujo, ella estaría narrando la historia de Yo, pero nosotros, con los ojos cerrados, deberíamos arrugar el papel cada vez que ella dijera algo que pensábamos le dolería a Yo. 

Comezó contando que Yo, estaba dentro del vientre de su madre, y ésta le decía al padre de Yo, que estaba embarazada, el padre de Yo contestaba muy molesto que no quería tener ese hijo, y de pronto se escucho cómo prácticamente todos los papeles eran arrugados.  Siguió contando que Yo había logrado nacer, pero su padrastro lo insultaba una y otra vez por ser un niño inquieto (nuevamente los papeles arrugados). Yo llegaba a la escuela, su maestra que no entendía por qué Yo no podía contestar la pregunta que le acababa de hacer, le tachaba de bruto e irresponsable (esta vez el ruido de papeles arrugados fue más fuerte).  Y así siguió la dinámica hasta tal punto que el papel no aguantaba más apretones.

Todo terminó, abrimos los ojos, Yo estaba tan arrugado que no volvería a ser igual que antes.  Todos los presentes estábamos tan afectados que tuvimos que esperar unos minutos para poder continuar con la dinámica.  Fue entonces que se nos preguntó por la moraleja del cuento.  Todos dijimos lo que sentimos, nadie habló de Yo.  Al final descubrimos que la moraleja era: Las palabras destruyen, las palabras construyen.

Pero algo había pasado dentro de mí, yo no era la misma, tampoco mi papel.  Mientras todos hablaban de Yo, a mí solo se me ocurrió acariciar a Yo, trataba de quitarle las arrugas, trataba de que esas arrugas desaparecieran, fue entonces que sentí en mi corazón, que yo no era diferente a Yo, solo que de alguna manera había aprendido a utilizar las palabras para sanar, podía trabajar con Yo, TRASFORMARLO, y aunque no podía quitarle las arrugas al menos podría hacerlo sentir mejor.

Todos trabajamos con Yo todos los días, vemos a Yo en nuestros hijos, alumnos, compañeros de trabajo, familiares, vecinos y desconocidos.  Sólo hay una manera de no arrugar a Yo, hay que escuhar con el corazón, hablar con el corazón, pensar con el corazón.  Nuestra misión como educadores es muy delicada, para evitar que hayan más Yo con arrugas tenemos que usar más corazón.  Al final, la satisfacción será tan grande que haremos de estas experiencias nuestro estilo de vida.

Ahora te pregunto ¿a cuántos Yo vas a tratar de sanar hoy?  Sólo hace falta un pequeño cambio a la vez, no quieras hacerlo todo el mismo día porque quedarás extenuado.  Si quieres unas palabras de motivación para comenzar, busca en Herramientas el título: Motivación diaria, ahí sabrás por dónde comenzar.

 

 

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1 comentario Add your own

  • 1. marewys  |  abril 30, 2008 en 10:35 pm

    ¡Qué bello! Me has hecho llorar. Éxito.

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